El punto de partida es un manantial de aguas constantes que brota entre formaciones basálticas en Bella Vista, donde funciona el criadero Piedras Meonas. Allí, la temperatura estable del agua durante todo el año permite una cría controlada y natural, sin forzar ciclos ni alterar el entorno.
A partir de ese recurso se construyó una cadena corta y eficiente: la trucha se produce en el territorio, se procesa a escala local y se incorpora directamente a las cocinas de hosterías y restaurantes del Alto Neuquén, fortaleciendo una lógica de cercanía y trazabilidad.
Esta integración no responde a una tendencia pasajera, sino a una continuidad histórica. La región del Alto Neuquén ha desarrollado durante décadas actividades productivas de escala humana, adaptadas al clima, al paisaje y a los saberes locales, desde la ganadería y los viveros comunitarios hasta las primeras experiencias de piscicultura.
En ese recorrido, la trucha no aparece como una novedad absoluta, sino como una actividad que retoma experiencias previas y las resignifica en el contexto actual, donde el turismo y la gastronomía cumplen un rol central en la economía regional.
El proyecto Piedras Meonas comenzó con la siembra de 60.000 huevos de trucha y hoy alcanza ejemplares de aproximadamente 270 gramos, aptos para consumo gastronómico. La clave del proceso está en el manejo del agua, el respeto por los tiempos biológicos y una producción sin apuros.
Además de su función productiva, el criadero se abrió al turismo educativo y recreativo, recibiendo visitas de escuelas, vecinos y viajeros que recorren el norte neuquino. De este modo, la actividad combina producción, divulgación y experiencia turística.
La llegada de la trucha a las hosterías del Alto Neuquén permitió cerrar el circuito. En localidades como Manzano Amargo, el producto se incorporó a la carta como una elección consciente, asociada a la identidad del lugar y al trabajo con productores cercanos.
Desde la gestión gastronómica destacan que trabajar con insumos locales no solo mejora la calidad del plato, sino que también construye un relato auténtico para el visitante, que puede identificar el origen de lo que consume y comprender el vínculo con el territorio.
En la cocina, la trucha producida en Bella Vista se valora por su frescura, textura y tamaño uniforme, características que facilitan preparaciones simples y precisas, donde el protagonismo lo tiene el producto y no la técnica excesiva.
La propuesta convive con otros símbolos del norte neuquino, como el chivo, la trashumancia y los sabores de montaña, sumando una nueva capa a la identidad gastronómica regional sin desplazar tradiciones preexistentes.
Este modelo de articulación entre producción primaria, gastronomía y turismo genera un impacto positivo en la economía local, promueve empleo, reduce intermediaciones y refuerza una mirada sustentable sobre el uso de los recursos naturales.
Entre el manantial de Bella Vista, las cocinas del Alto Neuquén y las rutas que recorren el norte provincial, se consolida así una experiencia basada en producir cerca, cocinar con sentido y ofrecer al visitante un vínculo real con el territorio.
En un contexto donde muchas regiones buscan diferenciarse, el Alto Neuquén encuentra en esta trama sencilla una fortaleza: construir futuro a partir de lo que siempre estuvo allí, sin romper equilibrios y escuchando el ritmo propio del lugar.