Así lo señala un informe elaborado por Randstad, que identificó las ocho tendencias laborales que marcarán el escenario del empleo el próximo año, en un contexto donde la adaptación y la flexibilidad aparecen como condiciones indispensables tanto para las organizaciones como para los trabajadores.
Según explicó Andrea Avila, el mercado laboral enfrenta una redefinición estructural que va mucho más allá de eventuales reformas normativas. “Las organizaciones están siendo desafiadas a revisar cómo trabajan, cómo atraen al talento, cómo lideran y cómo construyen vínculos con su capital humano”, señaló.
Una de las principales tendencias detectadas es la revisión de los modelos de liderazgo. Mientras se consolida el rol del líder como fuente de estabilidad y confianza, especialmente en contextos inciertos, se observa una menor predisposición de las generaciones más jóvenes a asumir esquemas jerárquicos tradicionales, lo que obliga a repensar los estilos de conducción y desarrollo profesional.
En línea con esto, las empresas avanzan hacia estructuras organizacionales más planas y simplificadas. La reducción de niveles jerárquicos busca agilizar la toma de decisiones, optimizar costos y otorgar mayor autonomía a los equipos, promoviendo culturas internas más emprendedoras y dinámicas.
El informe también destaca el creciente protagonismo del salario emocional como eje de la propuesta de valor al empleado. Ante las limitaciones para otorgar mejoras salariales sostenidas y la escasez de talento calificado, las organizaciones refuerzan beneficios no monetarios, esquemas flexibles, oportunidades de desarrollo y un mayor foco en el clima laboral.
Otra tendencia relevante es la mayor búsqueda de estabilidad laboral por parte de los trabajadores. En un contexto económico aún incierto, se observa que muchas personas priorizan la seguridad y la permanencia por sobre nuevos desafíos, lo que impacta en decisiones de carrera más conservadoras y en una menor rotación.
La experiencia integral del empleado aparece también como un factor clave. Las empresas amplían su mirada más allá del proceso de selección, incorporando una gestión que abarca el desarrollo, el bienestar, la capacitación continua y también las instancias de desvinculación, ya sea por renuncias o reestructuraciones.
En cuanto a la organización del tiempo de trabajo, Randstad anticipa jornadas laborales cada vez más fragmentadas y flexibles. Algunas compañías comienzan a ensayar esquemas con bloques de trabajo más breves y focalizados, orientados a mejorar la productividad, la concentración y la conciliación entre la vida personal y laboral.
El concepto de éxito profesional también se redefine. Las nuevas generaciones replantean el sentido tradicional de la carrera laboral y, en algunos casos, rechazan ascensos y promociones si implican mayores cargas sin un equilibrio razonable con la vida personal, resignificando las ambiciones profesionales.
Por último, el avance de la inteligencia artificial introduce una nueva brecha de habilidades. La creciente demanda de conocimientos en IA convive con desigualdades en el acceso a capacitación y recursos, lo que plantea el riesgo de profundizar la escasez de talento si no se abordan políticas de inclusión y formación equitativa.
De cara a 2026, el informe concluye que las organizaciones deberán encontrar un delicado equilibrio entre eficiencia, flexibilidad y cultura, mientras que los trabajadores enfrentarán el desafío de adaptarse a entornos más dinámicos y trayectorias laborales menos lineales.
“El diferencial ya no estará solo en atraer talento, sino en cómo las organizaciones logren gestionarlo, desarrollarlo y acompañarlo en estructuras cada vez más flexibles”, concluyó Avila, al subrayar que el aprendizaje continuo y las conexiones humanas serán el eje central del crecimiento en el nuevo mundo del trabajo.