En el norte de Neuquén, entre la Cordillera del Viento y los valles del Alto Neuquén, la historia del vino tiene raíces profundas que combinan tradición, fe y territorio. Chos Malal, antigua capital del territorio, fue escenario de una actividad vitivinícola que dejó huella en la región y que, con el paso del tiempo, incluso logró trascender fronteras.
Según relatos históricos, el vino producido en la zona habría llegado hasta el Vaticano. El historiador Isidro Belver menciona que “seguramente alguna vez haya llegado una botella”, en referencia a la producción local que supo destacarse en tiempos en que la región comenzaba a consolidar su identidad productiva.
Más cerca en el tiempo, ese vínculo simbólico se volvió concreto. En 2014, una botella de vino de la bodega Des Desde La Torre fue obsequiada al Papa Francisco por un sacerdote de Andacollo que había trabajado junto a Jorge Bergoglio. El pontífice degustó el vino y, desde entonces, el Vaticano recibió envíos periódicos de esta producción neuquina.
Pero la historia vitivinícola de la región se remonta a fines del siglo XIX. Existen registros que dan cuenta de la introducción de viñas en Chos Malal hacia 1892, en un contexto donde los pobladores comenzaban a diversificar su producción agrícola.
Uno de los testimonios más valiosos es el del sacerdote salesiano y científico Lino del Valle Carbajal, quien documentó su travesía por el Alto Neuquén en su obra “Por el Alto Neuquén, ascensión al Domuyo”, publicada en 1906. Allí describe con detalle las características productivas de la región.
En su relato, Carbajal destaca el buen desarrollo de los cultivos, en particular de la vid, señalando que “la viña es otro cultivo que está dando muy buenos resultados”. Para comienzos del siglo XX, ya se contabilizaban alrededor de 70.000 plantas en la zona.
El origen de las cepas también revela la conexión regional: fueron introducidas desde Chile por misioneros salesianos y desde Mendoza por productores que apostaron al potencial del territorio neuquino.
Entre las variedades cultivadas se destacaban la “uva chilena”, reconocida por su resistencia a las heladas y buen rendimiento; la corinto blanca, precoz y productiva; la francesa o Burdeos, de gran adaptación al frío; y la moscatel negra, de alto rendimiento aunque más sensible a las bajas temperaturas.
También se cultivaban cepas como la itálica neuqueña o moscatel criollo, bien adaptada al clima local, y la Filadelfia, valorada por su abundante producción, lo que demuestra un temprano conocimiento técnico por parte de los productores.
Las prácticas agrícolas ya mostraban cierto grado de especialización. Los viticultores diferenciaban métodos de poda según la variedad y manejaban los tiempos de cosecha, que comenzaba en abril, cuando la uva alcanzaba su madurez.
El vino era elaborado de manera artesanal y se conservaba durante varios meses antes de su consumo, generalmente hacia fin de año, consolidando una tradición que combinaba conocimiento empírico y adaptación al entorno.
Entre los productores destacados de la época, Carbajal menciona a vecinos como A. Martins, P. Shuab y a los propios Padres Salesianos, quienes mantenían quintas con viñas y frutales en buen estado.
Hoy, esa historia sigue viva en el norte neuquino, donde la vitivinicultura, aunque en menor escala que en otras regiones, conserva un valor simbólico y cultural único. Desde aquellas primeras cepas traídas a caballo hasta una botella que llegó al Vaticano, el vino neuquino continúa escribiendo su propia historia.
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