Hay una conversación que no suele darse en las reuniones de directorio. Tampoco en los comités de gerencia. Ocurre, en cambio, en el momento previo –cuando alguien que lleva años tomando decisiones complejas se sienta frente a un desafío nuevo y, antes de actuar, elige esperar.
No porque no sepa qué hacer. Sino porque sabe exactamente qué hacer –y entiende que el momento importa tanto como la decisión.
LLevo más de 20 años trabajando en la intersección entre estrategia de negocios, comunicación y desarrollo de marca. Lideré equipos, diseñé propuestas de valor, ejecuté lanzamientos y construí posicionamiento en mercados tan exigentes como el energético y el de desarrollos inmobiliarios en la cuenca de Vaca Muerta. Y en todo ese recorrido, una de las habilidades que más he visto subvalorada –en líderes, en organizaciones, en culturas corporativas– es precisamente esta: la capacidad de sostener una dirección clara cuando las condiciones aún no están dadas para ejecutarla.
Lo llamo espera estratégica. Y reo que es una forma de liderazgo que todavía no tiene el reconocimiento que merece.
El mundo empresarial premia la velocidad. La reacción. La ejecución inmediata. Y hay momentos en que eso es exactamente lo que se necesita. Pero hay otros –y son más frecuentes de lo que admitimos– en que la mejor jugada es no hacer la jugada todavía. En que moverse mal es peor que no moverse.
Los equipos que más admiro tienen esa madurez. Los líderes que generan resultados sostenibles en el tiempo también. Saben leer el contexto, administrar la energía disponible y elegir el momento justo para ejecutar con precisión.
Soy madre de dos hijas, de quince y dieciocho años. Lo que me enseña algo que ningún programa de management enseña: sostener una dirección en medio de la incertidumbre –sin perder el foco, sin perder la calma, sin perder de vista el largo plazo– es una competencia que se construye en la vida real. No en un aula.
Lo que distingue la espera estratégica del estancamiento es una sola variable: el hilo. Esa dirección interna que se mantiene activa aunque todo alrededor se mueva. El profesional que conserva ese hilo –en su carrera, en su equipo, en su organización– es el que puede moverse rápido y bien cuando las condiciones se alinean. El que lo perdió tiene que empezar de cero.
En un contexto de alta volatilidad como el que atraviesan hoy las empresas argentinas, esa habilidad vale más que la velocidad. Vale más que la reacción inmediata. Vale más que el movimiento por el movimiento.
En las organizaciones donde he trabajado, esa pregunta fue siempre el punto de partida. No para paralizar, sino para ordenar. Para distinguir lo urgente de lo importante. Para diseñar una hoja de ruta que tenga en cuenta no sólo el qué, sino el cuándo y el cómo. Porque una estrategia que no considera el timing no es una estrategia sino una intención.
Mi trabajo consiste exactamente en eso: ayudar a equipos y organizaciones a encontrar –o recuperar– ese hillo. A traducir visión en propuesta de valor concreta. A construir marcas y mensajes que sostengan el negocio en el tiempo, no solo en el lanzamiento. A identificar nuevas oportunidades antes de que el marcado las nombre.
Lo hago desde el Alto Valle, desde la Patagonia, uno de los ecosistemas de negocios más dinámicos y exigentes del país. Y lo hago con la misma convicción con la que escribo: eligiendo cada palabra, cada movimiento y cada momento.
Sol Buschiazzo. Estratega de Nuevos Negocios y Comunicación. Especialista en experiencia de Marca y autora de “Un lugar de Sol”.