Una mesa con identidad neuquina a orillas del Nahuel Huapi

Es temprano en Bahía Manzano, en Villa La Angostura. El lago Nahuel Huapi está calmo y apenas se altera con el paso lento de un kayak y algunos vecinos y turistas que caminan por la orilla. La villa despierta sin apuro, con ese ritmo propio del sur que invita a observar antes que a correr.

En ese escenario comienza a desplegarse una experiencia gastronómica que tiene algo de ritual cotidiano y mucho de identidad territorial. A orillas del lago, el chef Martín Páez cocina con productos de la provincia del Neuquén y convierte la escena en una síntesis clara: paisaje, ingredientes, saberes y cultura reunidos en una misma mesa.

Nada está librado al azar. Cada producto tiene un origen preciso dentro del mapa neuquino. Hay peras y manzanas del Alto Valle, aceite de oliva elaborado en Centenario, vinos patagónicos de San Patricio del Chañar y un licor artesanal de hierbas y especias que llega desde Villa Meliquina, producido por la familia Casolli. Se suman también salsas de rosa mosqueta y sauco elaboradas por productores locales de la propia Villa La Angostura.

A medida que la cocina avanza, aparecen los productos silvestres que definen buena parte de la identidad gastronómica de la región: hongos de pino recolectados en los bosques de San Martín de los Andes, trucha y ciervo ahumados en emprendimientos locales, trabajados con técnicas tradicionales y tiempos largos de cocción que respetan el producto.

Páez no se limita a enumerar ingredientes. Los contextualiza. Cada alimento viene acompañado de una historia, de un modo de recolección, de una familia o de una práctica transmitida de generación en generación. En ese gesto aparece también su rol como divulgador de la gastronomía neuquina, una tarea que sostiene desde hace años en capacitaciones, ferias y encuentros dentro y fuera de la provincia, y que hoy lo encuentra como embajador de la cocina local.

Su propia biografía explica esa mirada. Nacido y formado como cocinero en Buenos Aires, Páez eligió el sur como proyecto de vida. Se estableció en Villa La Angostura, formó allí su familia y desarrolló una propuesta que dialoga de manera permanente con el territorio. El nombre de su hijo, Tahiel —de raíz mapuche y presente en el himno provincial— sintetiza ese arraigo elegido y profundo.

Esa decisión atraviesa cada plato. Neuquén aparece como una provincia de múltiples capas: un territorio que alguna vez fue océano, que conserva restos fósiles de millones de años, que mantiene viva la presencia del pueblo mapuche y que se construye con quienes nacen aquí y con quienes llegan, se quedan y echan raíces. Todo eso convive en la cocina.

La propuesta se adapta al entorno y al momento del año. Es verano, el lago acompaña y la búsqueda es la frescura. Sobre la mesa llegan bruschettas de pan casero con quesos artesanales de Junín de los Andes, combinadas con trucha ahumada de Villa La Angostura y ciervo ahumado, acompañados por peras, frambuesas y frutillas de la región.

Los condimentos terminan de construir el equilibrio: aceite de oliva neuquino, mezclas de hongos de pino con romero, merkén y cebolla, y un toque de ralladura de limón que aporta notas cítricas. El resultado juega con texturas y contrastes —dulce, amargo, ahumado y fresco— sin perder armonía.

El ahumado ocupa un lugar central en la experiencia. Trucha y ciervo se elaboran con leña de lenga proveniente de los cerros cercanos, en procesos prolongados que potencian el sabor natural. En algunos casos se suman notas sutiles de naranja y miel, siempre con criterio de moderación.

La mesa también comunica desde lo visual y lo simbólico. Los cuencos, tablas, textiles, vajilla y objetos que acompañan la escena pertenecen a Artesanías Neuquinas, que pone en valor el trabajo de artesanos y artesanas de todo el territorio. No es un detalle menor: los cinco sentidos están atravesados por la neuquinidad.

A lo largo de la mañana, algunos turistas se acercan con curiosidad. Preguntan qué se cocina, de dónde vienen los productos, cómo se combinan. El plato va tomando forma y también sentido. El lago sigue calmo y la vida en la villa avanza con su ritmo habitual, sin estridencias.

Desde este rincón del sur, Martín Páez desarrolla una cocina que no busca imitar tendencias globales, sino afirmar diferencias. En ferias y eventos nacionales e internacionales, los productos neuquinos despiertan interés: el piñón, los hongos de pino, los ahumados, las frutas patagónicas y los vinos del norte de la provincia funcionan como verdaderos embajadores del territorio.

La experiencia en Bahía Manzano condensa esa mirada. Cocinar a orillas del Nahuel Huapi no es solo una elección escénica, sino una forma de reafirmar que la gastronomía neuquina está profundamente ligada a su ambiente, a su gente y a su historia. En cada plato hay paisaje, memoria y presente.

La mesa se comparte, el fuego sigue encendido y Neuquén vuelve a contarse a sí mismo a través de sus sabores.

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