Sánchez Carrillo, una bodega con legado familiar que renació con lo mejor de dos mundos

(Por Natali Ruiz de Galarreta y Analía Mas) Jorge Sánchez Carrillo es un nombre con historia propia en el mundo vitivinícola. Pero no con una, sino con tres: abuelo, padre e hijo aportaron su grano de arena para convertir hectáreas de tierra ociosa rionegrina en viñedos que hoy sacan (en una combinación con uvas de su bodega mendocina), una línea de un vino destacado y selecto.

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La historia arranca en 1954, cuando un inmigrante español de nombre Jorge Sánchez Carrillo llegó de la mano de su pareja, Hilda Tossi, a la pequeña localidad de Peñas Blancas, Río Negro. Y en ese lugar en el mundo quiso plantar su sueño: se mandó a traer viñas para producir uvas de tempranillo, y en 1956 el primer Jorge empezó su propio viñedo.

Luego, y tras varios años y numerosas variedades plantadas, fue el turno de la segunda generación de tomar la posta. “Mi papá estuvo al mando muchísimos años de la bodega, y fue quien logró penetrar en el mercado internacional”, comentó quien hoy dirige la bodega, el último de los Jorge Sánchez Carrillo. Pero en el 2005, la bodega cerró.

“Mi papá cerró todo en el 2005, porque se había cansado del trabajo diario que conlleva manejar este tipo de negocios. Pero en un viaje que hicimos un fin de semana, me reencontré con el viñedo y no pude dejar pasar la oportunidad de verlo crecer. Toda la infraestructura estaba ahí, sólo hacía falta revivirla”, indicó el joven José, que en el 2012 (y con sólo 22 años), volvió a abrir la bodega familiar.

De las 120 hectáreas originales en Río Negro se pudieron recuperar sólo 20 productivas. Es por eso, y para aprovechar lo mejor de dos mundos, que se empezó a mirar un poco más al norte. Y así se invirtió en viñedos en el Valle de Uco, en Mendoza, donde la materia prima (y principalmente, la gente capacitada en el rubro) es “de primera”. Hoy, 20% de la producción se lleva adelante en Río Negro, y la restante se hace en suelo mendocino.

Su actual línea, denominada El Gran Baile, tiene otro tinte familiar: la abuela materna del presidente de la empresa fue quien sugirió el nombre. “El Gran Baile fue nuestra forma de seguir contando esta historia. Reabrimos las puertas de la Bodega, e inspirados en el amor y el cariño, creamos una nueva etiqueta con la ilusión de que los bellos momentos que nos impulsaron se multipliquen en otros, y con la esperanza de crear nuevas y hermosas anécdotas”, se describe sobre la línea en su página web.

Hoy la la bodega cuenta con la capacidad para producir 1.200.000 litros, con botellas de Malbec, Merlot, Cabernet Sauvignon y Pinot Noir. Y desde estas latitudes, exportan a mercados de afuera (Suecia fue su última incorporación, una insignia que remarcan ya que es un mercado muy exigente para ingresar por las medidas de calidad y certificaciones de comercio justo que exigen). Pero a la par, también están haciendo crecer su presencia en el mercado regional.

Como misión para un futuro no muy lejano, desde Sánchez Carrillo esperan crecer en volumen, superar la meta de exportar más del 60% de su producción hacia canales internacionales, y, sobre todo, “tener éxito en el proceso”. Sumar un proyecto turístico en Piedras Blancas es otra propuesta, que esperan realizar de la mano de más programas de responsabilidad social para potenciar el lugar que dio origen a todo.

“Mis abuelos paternos no pudieron ver esto, pero mi abuela materna sí, y hay una parte de ella en la bodega también. Mi papá sigue como consultor, y ahora la directora es mi novia. Esto nació y la idea es que se siga consolidando con un futuro familiar”, remarcó el último de los Jorges.

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